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CLUB DE JÓVENES REPORTEROS

El Teatro Colón ofrece el programa de formación en reportería cultural diseñado y dirigido especialmente para jóvenes entre los 16 y 25 años de edad. En una serie de sesiones presenciales los participantes reciben clases teórico – prácticas sobre la manera de realizar periodismo y crítica cultural.

En el 2021 aprovechamos el montaje de la producción de la ópera ‘El Principito’ donde los y las jóvenes conocieron el montaje, realizaron entrevistas al equipo artístico e hicieron trabajo de campo en el Teatro Colón.

En el 2022 se trabajó con la producción de la ópera ‘Ariadna en Naxos’, donde los y las jóvenes tuvieron un acercamiento a los ensayos y al montaje de la escenografía, para realizar entrevistas y trabajo de campo en el Teatro Colón, no solo a los artistas, sino al equipo que está detrás del escenario.

'ARIADNA EN NAXOS' 28, 30 Y 31 DE JULIO DE 2022

A continuación, podrán consultar los contenidos realizados por los participantes que integraron el Club de Jóvenes Reporteros 2022, programa educativo del Teatro Colón, entre el 12 y el 27 de julio de 2022 liderado por Eduardo Rendón.

“LA ESCENOGRAFÍA ES ARQUITECTURA EFÍMERA” – ENTREVISTA CON GABRIEL INSIGNARES

LUCES COMO PORTAL – ENTREVISTA CON CAMILO DUARTE

EL PINTOr DE LIENZOS TRIDIMENSIONALES - ENTREVISTA CON FABIÁN LEÓN

ENTREVISTA CON LAIA MACHADO

'EL PRINCIPITO' DEL 16 AL 19 DE DICIEMBRE DE 2021

A continuación, podrán consultar los textos periodísticos realizados por los participantes que integraron el Club de Jóvenes Reporteros entre el 1 y 15 de diciembre del 2021 liderado por el periodista Francisco Escobar.

Vestir para actuar: la magia en los trajes de ‘El principito’ 

En una ópera como esta, los espectadores suelen concentrarse en las actuaciones y el desempeño musical de los intérpretes. Pero nuestro equipo del Club de Reporteros del Teatro Colón se enfocó en otros detalles que, aunque están ahí, muy iluminados, a veces resultan invisibles a nuestros ojos: la importancia y la carga simbólica de cada pieza de vestuario y del maquillaje de los personajes. 

Por: Lina González, Nathalia López y Camilo Plazas.

Fotografías: Camilo Plazas 

Faltan siete días para que se suba el telón de la ópera El principito y en el taller de la diseñadora de vestuario escénico, Sandra Díaz Muñoz, ubicado en el barrio La Candelaria de Bogotá, se siente la tensión previa al estreno. “Así es esto”, nos dice con un suspiro en esta fría tarde de diciembre. El reloj marca las 4:53.“¿Qué quieren que les cuente?”, pregunta y deja escapar una sonrisa. Nuestro equipo de reporteros sabe que tenemos poco tiempo, que hoy es un día especial, una excepción a la regla, porque Sandra no suele atender visitas periodísticas en las fechas cercanas a la noche inaugural.  

 Sus manos y las de sus asistentes han confeccionado los trajes de decenas de obras líricas y teatrales que se han presentado en el país. Pero esta vez tienen un desafío mayor: darles vida a cada una de las piezas que vestirán los personajes de la conocida historia de Antoine de Saint-Exupéry (el principito, la flor, el zorro, el hombre de negocios, el farolero, entre muchos otros), que han sido reinterpretados por el director escénico peruano Jean Pierre Gamarra.  

Cuando llegamos a su taller, ubicado a pocas calles del Teatro Colón, donde se estrenará la obra, Sandra revisaba cada detalle en el traje del barítono David Garzón, quien interpreta al hombre de negocios. Vigilaba todo. Desde el arnés que le permitiría usar el columpio durante su acto, hasta el sombrero que debe alumbrar la penumbra del escenario, e incluso los objetos escenográficos que acompañan su actuación en el cielo del teatro.

El protagonismo de una ópera tan original como esta suele recaer sobre los intérpretes, los directores y el universo que ha creado el equipo de arte, sin embargo, qué sería de este principito sin el trabajo dedicado de su destacamento de vestuario (complementado por Luisa Toro y Jairo Sánchez). Como lo escribió Sandra en un texto publicado en 2013 por la Revista Colombiana de las Artes Escénicas, “El vestuario escénico explota y exagera elementos del diseño, trabaja con el truco y la transformación de materiales, la poesía, el símbolo y recrea sentimientos, estados de ánimo, y refuerza y enaltece las características de un personaje. Cada una de las piezas que ella crea tienen enorme elocuencia. “Lo que para muchos es simplemente una prenda sin importancia, para las personas que conocen su significado son trajes portadores de preciosa información.

En este fotorreportaje te invitamos a realizar con nosotros un recorrido visual por los atuendos (y personajes) principales de la ópera El principito, y sí, cada uno tiene y aporta una “preciosa información”. 

El hombre de negocios 

Él es David Garzón (de quien hablamos hace unas pocas líneas). Esta particular combinación de gafas con bigotes fue fundamental durante su aparición en escena; de hecho, todos los cantantes del coro de El principito las utilizaron. El barítono nos contó que le costó entrar en la mente de aquel hombre capitalista y materialista que posee, según él, millones de estrellas que le ayudan a “ser rico”. Se le hizo difícil porque lo obligaba a convertirse en lo que más detesta, e incluso lo puso en conflicto consigo mismo porque él es director de una empresa de clases de canto. La conexión con su personaje se le facilitó cuando vistió cada una de las piezas que le confeccionó el equipo de vestuario.  

El rey / El vanidoso 

Sin duda, uno de los momentos más recordados de la obra se produce cuando aparece el rey. Con este monarca también sale el sol, una cálida luz amarilla ilumina el escenario que semeja un planeta abandonado y oscuro. El objetivo en la audiencia se logra gracias al vestuario: transformar un rey tradicional en uno galáctico y extraordinario. El rey fue interpretado por el bajo Alexis Trejos, quien supo adaptarse a su indumentaria y brilló en todas las funciones.  

Pero también el vestuario de el vanidoso (encarnado por el tenor Hans Mogollón) está ligado con otros objetos que le brindan diversos significados a su personaje. En su atuendo se destacan un moño, las extravagantes telas que luce y los objetos de utilería que lo acompañan, como los accesorios de golf.  

El farolero / El borracho 

Los dos fueron interpretados por el tenor Christian Correa. Sus personajes intentan generar conciencia en los espectadores y llevan indumentarias cargadas de simbologías. El borracho luce un vestido azul aguamarina, frondoso y largo; las múltiples capas de este parecen representar los innumerables velos de la personalidad del hombre que, según él, bebe “para olvidar”.  

El farolero, por su parte, no busca el olvido, pero está atrapado en su consigna de apagar y de encender el farol sin descanso, una vez por minuto. Su vestuario es sencillo, quizás en la búsqueda de resaltar que el personaje intenta dotar de sentido a su existencia en su labor de todos los días. 

El piloto 

Es un personaje imprescindible. Él marca el inicio y el fin de la obra. “Estoy buscando puntos de escape, porque, con este traje de astronauta, voy a sudar mucho”, nos dijo Camilo Mendoza, el talentoso barítono que interpreta este papel, en medio de uno de los ensayos.  

Antes del estreno de El principito el equipo de la obra temía que su indumentaria recubierta de espuma le causara una sudoración excesiva y estropeara su maquillaje.

Por eso, Camilo busca momentos en los que pueda descansar. Al final, su representación fue muy exitosa y ‘espacial’ 

La rosa 

En este caso “una rosa es una rosa”, sin ser, de manera evidente, una rosa. Los espectadores que esperaban que este personaje tuviera un atuendo de flor se llevaron una sorpresa al verla vestida con un ‘mono’ azul, como los demás miembros del coro. Esta fue una apuesta del director escénico, el peruano Jean Pierre Gamarra, para dejar de lado las representaciones textuales e imaginar que esa bella mujer, la soprano Sara Bermúdez, es la mejor rosa, aunque no tenga pétalos sobre su cuerpo. En su personaje sí que son importantes los retoques cosméticos en el rostro.  

Lorenzo Albani, el director de arte; y Fabián León, encargado del maquillaje, coincidieron en que requerían un look cercano al del expresionismo alemán de los años veinte: bases de tonalidades blancas, contornos dramáticos y los toques necesarios para que resalten los ojos (sí, podría decirse que Sara luce como uno de los personajes del universo de Tim Burton). En este caso, lo más importante del “vestuario” de la rosa es su maquillaje.  

El zorro / El agua 

Al primero le da vida el contratenor caucano Asael Cuesta. Él llevaba un máscara metalizada que no exigía que su maquillaje fuera muy demandante; y le permitía regresar, sin contratiempos, a complementar el coro lírico.

Esa sencillez estética también está presente en el agua, interpretada por la soprano María Paula Gómez. A su personaje la caracterizan cuatro moños rodeados de cintas azules, que evocan un estilo galáctico y de poco lujo. Este look austero, que no requería de muchos retoques, le permitía escapar por momentos de los ensayos. Caminaba sin descando por los pasillos del teatro o en los camerinos, mientras cantaba una y otra vez algunos fragmentos importantes de la ópera, siempre caracterizada.

El principito 

La soprano Daniela Rivera fue la elegida para interpretarlo (lo explicaron nuestros compañeros del Club de Reporteros en este artículo.

En el proceso de construcción dramática salió a relucir su niño interior, de lo contrario su papel no habría tenido una vida verdadera y honesta 

La bufanda roja, la corona, el cabello sin peinar, el traje verde y la camisa blanca, son detalles que definen el aire que buscaba evocar Jean Pierre Gamarra y que fue creado por Fabián León, director de estética de la ópera 

Para ellos era muy importante que este principito, manchado y sucio, se alejara de cualquier asociación de ‘realeza’ y fuera, por el contrario, muy cercano a la realidad; la realidad de los niños de escasos recursos que habitan las calles de Latinoamérica. Esos son los principitos en los que se inspiró el peruano; quien también quería recordar en los adultos, a través de este icónico personaje, la fuerza de esos sentimientos de infancia (ausentes de prejuicios y señalamientos), que aún viven en cada uno de nosotros.  

Los interminables aplausos del público al final de cada función fueron la prueba más diáfana del gran desempeño vocal e interpretativo de este reparto que revivía la ópera en el Teatro Colón, de la manera más original, tras dos años de ausencia. Y en esas descargas de aplausos efusivos se premiaba, también, el esfuerzo y la cratividad de Sandra Díaz, de su taller; y de todos los que hicieron parte de este exitoso montaje. 

El Teatro Colón viaja al espacio con la ópera ‘El principito’ 

Una mirada al interior de este particular montaje, que dejó localidades agotadas y una profunda huella entre sus asistentes, a cargo de cuatro miembros de nuestro Club de Reporteros Culturales. Una mezcla de texto, audio y video, para entender mejor la obra. 

Por: Melissa Betancour, Camila Pérez, Sara García y Juan Pablo Erazo.

En medio de una avalancha de aplausos y mientras cae el telón que anuncia el cierre de la obra, un niño vestido con un pijama de planetas corre desorientado por el escenario. Son casi las 7:30 de la noche de un martes de mediados de diciembre y el pequeño Jerónimo, quien acaba de interpretar al joven piloto en la ópera El principito del Teatro Colón de Bogotá, busca rápido con la mirada y entre los brazos de quienes lo felicitan, a la única persona que espera ver y escuchar, su primita Isabella.  

Las opiniones de los demás poco le importan, él solo quiere saber qué piensa ella de su papel protagónico en este montaje. Pero no la encuentra entre los rostros de los asistentes. A su espalda, sin que Jerónimo se dé cuenta, el telón sigue bajando y, si la rosa –personaje interpretado por Sara Bermúdez–, no lo toma de prisa entre sus brazos, el chico habría quedado solo frente al público, separado del reparto que lo acompaña y lejano del planeta de ficción al que pertenece.  

Los aplausos eufóricos y la protocolaria venia no le importaban porque, a sus cinco años, tal y como lo había cantado poco antes Daniela Rivera –protagonista de la obra–, lo único que le interesaba era invisible ante los ojos de quienes, sin entender, solo le sonreían a su inocencia.  

El niño del asteroide 

La versión original de El principito fue presentada al mundo en 1943, en forma de libro, por el escritor y aviador francés Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944). El personaje principal de su relato es un niño proveniente del asteroide B 612 quien no se equivoca al afirmar que “las personas mayores son muy, pero que muy raras”. Con la sencillez propia de la infancia, el autor expuso de forma innovadora lo que Albert Camus y Fiódor Dostoievski ya habían propuesto tiempo atrás en sus novelas. El texto vio la luz bajo una problemática clave para su desarrollo: la incomunicación con el yo. Todos los espectadores que habíamos leído el clásico infantil teníamos en nuestra memoria las ideas que habían inspirado la obra, cada uno había construido su propio universo, su propio principito, su rosa y sus baobabs, y ahora los veríamos convertidos en ópera. ¿Cómo sería? ¿Cómo sonaría? 

Si no pudiste ir a la función y sientes curiosidad por saber cómo suena este montaje, te invitamos a que le des clic al siguiente archivo sonoro; así se oía El principito en los ensayos

Sin embargo, el protagonista de esta adaptación creada por el director escénico peruano Jean Pierre Gamarra –estrenada con éxito en febrero de 2020 en su país natal– es bien diferente, en apariencia y género, al jovencito de las páginas de Saint-Exupéry. Este principito es interpretado por una mujer (la soprano boyacense Daniela Rivera Corredor), no viste ropa elegante, lleva una sudadera manchada y desgastada, y tiene la apariencia de un chico que, a su corta edad, lo ha vivido todo. Es un niño como cualquier otro. Juega entre estrellas y llora con la voz quebrantada al pensar en su rosa. No es pesimista, pero tampoco lo enceguece el optimismo. Está lleno de interrogantes (“¿Y eso por qué?”, “¿Quién eres?”, “¿Qué hay que hacer?”, “¿Tienes buen veneno?”) y vive entre los paisajes de sombras creados por el belga Lorenzo Albani, director de arte de la obra. El escenario, durante todo el montaje, parece un lugar abandonado en el espacio.  

¿Ganar o perder? 

El principito de Gamarra nace de una premisa fundamental: los niños son muy inteligentes (mucho más que los adultos) y la oscuridad también les pertenece. Así nos lo cuenta en la mañana del jueves 2 de diciembre –dos semanas antes del estreno–, en la sala principal del Teatro Colón, durante una charla repentina e íntima con el Club de Jóvenes Reporteros organizado por esta institución, y del cual nosotros hacemos parte. Jean Pierre, quien les daba algunas instrucciones a los escenógrafos, interrumpió su trabajo para atender nuestros interrogantes. Se sentó en un rincón cerca del escenario, que apenas comenzaba a transformarse, y explicó: “Al crecer pensamos que estamos ganando algo, pero es todo lo contrario, hay cosas invaluables que perdemos con el paso de los años, quizás una de ellas sea la inocencia”. Él, quien no había leído el libro de Saint-Exupéry en su infancia, lo descubrió en la adultez, justo cuando le propusieron dirigir esta apuesta lírica. Tal vez por eso su acercamiento a El principito sea tan singular y se parezca más a un niño que vive en la calle en condiciones de marginalidad que al rubio curioso de las ilustraciones del texto original. El pequeño desafía los miedos de Gamarra y es su vehículo para cuestionar y provocar a un público al que no busca complacer. El principito se muestra ante sus espectadores; pero, al igual que Jerónimo, no se debe a ellos. 

Daniela Rivera le da vida y canto al curioso e imaginativo jovencito que tiene una rosa para cuidar y un zorro para domesticar. La joven soprano nacida en Tunja nos confesó en una entrevista que se presentó a las audiciones creyendo que sería elegida para interpretar un papel secundario, pero, para su sorpresa, los directores la escogieron para encarnar al personaje con el que todos soñaban.  

Con su voz, el principito alcanzó variadas dimensiones que conjugaron la pureza de la infancia con la reflexión de la adultez. Ella fue la “piloto” de su pequeño príncipe. “Yo creo, al igual que mi personaje, que los vínculos que formamos con las personas son un tesoro que debemos cuidar diariamente”, dice Daniela. Las lágrimas recorren sus ojos al recordar las experiencias y aprendizajes que se llevó de esta obra. El niño dejó huella en cada planeta que pisó, y la Tierra no fue la excepción. 

Cada día, poco a poco, el principito tomaba forma en el cuerpo de la soprano con la ayuda de algunos rituales. “Observaba a los niños que me encontraba en el Transmilenio y en la calle. Analizaba muy bien sus gestos, su corporalidad y cómo se comportaban. El baile también me sirvió como terapia, siempre bailaba en el camerino para calentar”. Así, finalmente, cada palabra y ademán de la artista provenía del propio del infante. 

Una corona para todos 

El Colón se vistió de principito desde su raíz. La apuesta de Claudia del Valle, directora del teatro, se basa en acercar este espacio a su público, hacerlo cada día más accesible y desmitificar este legendario escenario. El principito es la primera ópera que se presenta tras casi dos años de ausencia lírica en esta sala. El pequeño representa el trauma del crecimiento que propone Antoine de Saint-Exupéry, pero tiene otros matices; abarca un amplio espectro simbólico en el que el Teatro Colón y el infante se conjugan y complementan. Este operístico principito es polifónico y no tiene un solo rostro. Es Daniela Rivera, pero también eres tú, somos nosotros y todos los niños a los que, al final, Gamarra alienta poniéndoles una corona. El principito es el Teatro Colón. Y, como dice Jean Pierre, “el principito no muere, simplemente duerme, y se despierta cada vez que lo buscamos”.

En este video hacemos un breve recuento, con la ayuda de diversas voces (miembros del elenco, del equipo de directores y espectadores), sobre la ópera El principito.  

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